Como organizadora, propuse añadir al concepto un sutil toque de chic francés — refinado y discreto, como si siempre hubiera formado parte de este lugar.
La paleta cromática de la boda se inspiró en tonos naturales y pastel: suaves cremas, blancos lechosos, verdes y delicados acentos empolvados. Las flores blancas simbolizaban pureza y frescura, mientras que la abundancia de vegetación reforzaba la sensación de un jardín secreto, íntimo y apartado.
Un detalle especial fue la manzanilla, presente en los ramos y en los elementos decorativos. Aportó ligereza, frescura y una sencillez conmovedora, creando una atmósfera serena y casi de cuento, donde la estética refinada y la autenticidad convivían en perfecto equilibrio.